sábado, 31 de agosto de 2019

Doble arco iris. Zamora.


Cosas que pasan.




De mi columna en El Día de Zamora
En el supermercado en el que hago mi compra habitual, pregunto por un producto atípico, uno de esos que sabes lo difícil que es de encontrar, pero no te convences hasta que lo oyes en boca de quien lo tienes que escuchar. Me gustan las explicaciones de la dependienta, aunque he de reconocer que me gusta más su voz -con la que llego a fantasear- y al día siguiente le hago la misma pregunta, sin quitar ni añadir ninguna letra, ni coma ni punto y la muchacha me da la misma respuesta que el día anterior, en la que tampoco añade ni coma ni punto, ni añade ni quita letra alguna. Sigo varios días con mi estrategia –si es que se puede llamar así- para poder mirarla a ella, mirar cómo mueve sus labios, sentir cómo me penetra su voz, hasta que uno de aquellos días me dice:
-¿No llevas varios días haciéndome la misma pregunta? -me dice con una amplia sonrisa.
-¿Quién, yo? -le contesto exagerando mi extrañeza-. Es la primera que te veo y que me dirijo a ti.
-No sé por qué, pero me estás mintiendo.
-Creo que hemos sido, que he sido objeto de una broma. Tengo un hermano gemelo, quien me pidió esta mañana que viniera aquí y te hiciera la misma pregunta que te acabo de hacer, después de describirte minuciosamente para no equivocarme de persona.
-Pues será eso –parece convencida.
Sigo frecuentando el supermercado, me hago el encontradizo con ella –más que con ella, con su sonrisa y su voz.
Después de dos meses, me decido y le pido una cita.
-Llegas tarde –me dice con una voz más sensual que nunca-. Llevo un mes de novia con tu gemelo.

viernes, 30 de agosto de 2019

Más de cencelladas en Zamora


Terapias.




De mi columna en El Día de Zamora.
Están de moda las mándalas o mandalas, esas representaciones de simbolismo espiritual que nos están llegando del budismo y del hinduismo, haciéndolo con la etiqueta de terapia novedosa, como si no hubiéramos tenido por aquí los cuentos de pintar de toda la vida, comprados para los hijos y utilizados por los padres a hurtadillas, por simple gusto y sin sospechar que valían para una terapia que no tenían como necesaria en el caso de que estuvieran al tanto de su existencia.
Ahora, los niños ya no quieren cuentos de pintar porque no pintan cuentos y, por no pintar, no pintan ni monas y su terapia consiste en llevarlos al sicólogo ante problemas que realmente no existen, pero está de moda y a la última llevarlos, por si de rebote sirve para algo y evitar en lo posible sus excentricidades  de niños mejor preparados que nosotros y a los que acabaremos pidiendo, en un tiempo no muy lejano, que nos hagan los deberes para que podamos aprobar la asignatura de la vida.
Mientras, hay que acogerse al sexo  como terapia de todas las terapias, aunque podamos parecer monos de esos que no pintan los niños, pero que andan por la vida de árbol en árbol, como nosotros de terapia en terapia, solo que a ellos les sale más rentable saber que el sexo lo es por el sexo, porque gusta, es el más placentero de los pecados y no es necesario solamente para traer niños de los que después se llevan al sicólogo, aunque estén de moda las mándalas, que compran los padres para si mismos, aunque sigan pintando a hurtadillas.
Yo creo que con el sexo se cura todo, hasta el independentismo.

Zamora. Nevada con cigüeña


Andén número uno de la Estación del Norte, Madrid.



De mi columna en El Día de Zamora
Claro que me acuerdo, cómo no me iba a acordar que fue un 17 de julio de aquel año del siglo pasado en el que astronautas de Estados Unidos y de la Unión Soviética, unos a bordo de la nave Apolo y otros de la Soyuz, se encontraron, deliberadamente, por primera vez en el espacio, justo en el momento en el que mi tren, procedente de La Coruña, llegaba a su destino y paraba en el andén número uno de la Estación del Norte, Madrid, aunque justo en aquel momento yo no sabía de aquella coincidencia y tardaría nada menos que cinco años en enterarme, los mismos que tardé en saber que tú me echaste el ojo  allí por primera vez y esos cinco años después, cuando me viste aparecer por el Rastro, en aquellas escaleras en las que compartías porros con tus amigas, no te costó nada reconocerme, pese a mi pinta tan alejada del paleto aquel de la vez primera, ahora con mi pelo crecido y enmarañado, mi poblada barba y aquella chaqueta de pana descolorida que tanto te gustaba y que tenías sobre los hombros tres días después, en aquella fresca noche de mayo, cuando me hablaste de una niña que fue con sus padres a recibir al hermano que llegaba licenciado del servicio militar y llegaba al abrazo familiar tras despedirse de un compañero de cuartel que miró a la niña como quien no mira a una niña y ella rogó para que su hermano lo tuviera localizado y tras saber que no, pensó que jamás volvería a verlo hasta aquella mañana que apareció junto a la estatua de Cascorro cinco años después, justos los que yo había esperado -te lo confesé mientras aún tenías sobre los hombros mi chaqueta descolorida-  para tu mayoría de edad y amarte en plenitud, y de todo ello me acuerdo hoy, aunque se me esté olvidando, me ocultas, cómo abrocharme o peinarme y de mi nombre alguna vez…

Zamora. Puente de Piedra. Cencellada en blanco y negro.


Géneros y "géneras"



De mi columna en El Día de Zamora.
Leo y comparto un enlace en el Feisbu que viene a decir y dice que la Real Academia de la Lengua, advierte y pone fin al “todos y todas, ciudadanos y ciudadanas” y, una vez dentro del artículo al que me lleva el enlace, leo adjetivos como artificioso para tachar de innecesarios esos desdoblamientos. “En los sustantivos que designan seres animados existe la posibilidad del uso genérico del masculino para designar la clase, es decir, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos: Todos los ciudadanos mayores de edad tienen derecho a voto”. ¿Alguien duda de que las mujeres estén incluidas en ese derecho al voto? Son ganas de tocarlos por tocarlos.
Quiere una coincidencia que descubra, acto seguido, una nueva página para mí en la misma red social que tiene por nombre “Caja de resistencia”, en la que entro y me encuentro un enunciado que dice: “Son felices porque el mercado les ofrece veinte marcas distintas de bozales, correas último modelo y descuento por tener carnet de rebaño”. Me parece distinto, alentador, pero nada más profundizar un poco, encuentro los consabidos “espoleado y espoleada, confirmado y confirmada, algunos y algunas, todos y todas”   que me lleva al desaliento y a pensar que esto si que es el mismo sonsonete con distinto collar y una marca más para añadir al bozal del rebaño.
Lo que más jode, es que todo se debe a una manipulación política, asimilada y acatada, ay, por el resto, que parece que dirime a la mujer de todo lo demás, como si estuviera a la par del hombre en el tema salarial y todo se resolviera usando mal y malintencionadamente el lenguaje. 

jueves, 29 de agosto de 2019

Zamora, provincia. Viaducto Martín Gil. Línea de ferrocarril que une Zamora con Galicia


No es buen día para empezar esta columna.




De mi columna en el Día de Zamora
no es buen día para empezar esta columna o sí dependiendo siempre de un estado de ánimo al que te pueda llevar el recuerdo de una mirada que se perdió unos besos que no se dieron y que ya nunca se darán igual que unas palabras mal dichas redichas o dichas cuando no era menester y caían al vacío del tiempo de este tiempo en el que tanto hay que callar para no herir para no abrir más la herida aunque maldita la gracia de este silencio y no poder gritar una historia que está ahí pese a quien pese en la que nadie ha pecado ni tan siquiera matado al mensajero del pasado que veía navajas en nuestras caricias y llamaba ósculos a nuestros besos pensando que los denigraba o bajaba de categoría nombrándolos así el muy cretino el auténtico ladrón de unos sueños que él jamás pensó que se pudiera soñar en esas cosas y con tanta intensidad y volverlas a soñar despiertos mientras él mendigaba un entendimiento que no le llegaba y no le llegaría nunca y comprendería tarde muy tarde que malgastó sus años buenos si es que alguna vez tuvo años buenos en crucificar una idea un sentimiento que fue creciendo enraizando con los años en ese tiempo nuestro solo nuestro más nuestro cuanto más gastado cuanto más asediado por las dudas cuanto más expuesto en el Gólgota a las iras de los que detestaban que no hubiera agonía y saliéramos indemnes a nuestra manera aunque hubiera que cargar con la penitencia de una distancia que nos acercaba más una distancia que tú te empeñaste en agrandar cuando en tu cabecita comenzaron a anidar los pájaros que antes habían pasado de largo después de hacer invierno y nadie comprendió ya nada salvo tú misma hasta el día de hoy en el que yo empecé escribiendo que no es buen día para empezar esta columna.

Zamora. Cencellada y niebla en las Aceñas de Cabañales.


Playa de Almenara .Valencia


La lluvia y las ventanas




De mi columna en El Día de Zamora
Avanzan, estas tardes de lluvia, hacia una claridad que no acaba de llegar, quejumbrosos los ánimos y más pendientes de esperar lo deseado que lo que toca en esta tómbola de la meteorología, que nos complace alguna que otra vez con un perrito piloto para que vayamos abriendo boca y acostumbremos el paladar a días mejores.
Mientras, la lluvia en los cristales de la canción de Serrat -llueve y llueve y llueve…- porque no en todas las ventanas llueve igual o con la misma gracia y no es lo mismo ver al anciano y sus dificultades para salvar un charco que al niño que ni ha visto el charco. Como tampoco tiene la misma gracia que el coche salpique unos pantalones que una falda y tampoco los insultos tienen la misma gracia.
Siempre me gustó ver llover tras las ventanas de las muchas que tuve en mi vida y de ahí esa experiencia para saber que no en todas cae el agua igual, que no es lo mismo ver llover solo o en compañía de otros, solo o abrazado a quién.
Cuando veía llover con mi perro, sabía que la ventana no era el sitio idóneo y los dos corríamos -él me llevaba a mí- al parque donde era tan feliz y yo lo veía correr tras las cristaleras de la realidad.
Tuve una ventana en un octavo piso que daba a la Casa de Campo, desde la que ver llover era una gozada; sin asfalto, sin casas a la vista y la lluvia era una sinfonía inacabada en la lejanía de aquel espacio sin principio ni fin, pero pronto comprendí que aquella lluvia era de todos y de nadie, nunca mía,  y añoraba la ventana de la buhardilla, donde la lluvia repicaba en los tejados y ahuyentaba al gato que me había estado mirando segundos antes después de haberse comido un pájaro.


Agua de seda. Río Duero a su paso por Zamora


Beber agua del grifo




De mi columna en El Día de Zamora
No es primera vez que me dicen “no hace ni la mitad de frío que en nuestra niñez” y uno recuerda aquellas heladas que congelaban los charcos de las calles, la mayoría de tierra y no puede uno por menos que pensar en esa circunstancia como causa para que no veamos a los niños romper esos hielos con el alborozo que lo hacíamos nosotros. No es lo único que ha cambiado después de unas cuantas generaciones y hay que reconocer que, al menos la mía, que es la que conozco en carne propia, perteneció a una generación de niños desprotegidos en comparanza con la actual y muchas veces me causa asombro cómo pudimos sobrevivir a tanto peligro, desde un gesto tan cotidiano, por ejemplo, como beber agua del grifo.
Recuerdo ahora un episodio, del que no han transcurrido ni tres años, en el que la dueña de un supermercado reñía a una chica menesterosa que solía pedirle alguna botella de agua para su niño pequeño:
-¡Pues que beba agua del grifo, que la hemos bebido toda la vida y nadie se ha muerto!
En ese sentido, recuerdo a gente mayor que veía ridículo comprar agua embotellada; gente que había sobrevivido a infecciones cuando aún no se había descubierto la penicilina y formaron parte -seguro que sin saberlo- de una selección natural contrastada, llegando a una edad avanzada.
Después, ya saben, las empresas de agua embotellada haciendo proselitismo y todas esas leyendas de lo beneficioso que es ingerir dos o tres litros diarios del agua que ponen en el mercado, que si las cumples, ya no tienes que ir a Lourdes y vas a vivir muchos años para seguir bebiendo agua.
Embotellada, claro.

miércoles, 28 de agosto de 2019

Zamora. Anochecer en el Puente de Piedra, con el Duero crecido


Las crecidas del Duero




De mi columna en El Día de Zamora
Alguien me quiere hacer ver que el Duero bajaba esta mañana del jueves como hacía bastantes años que no se veía con semejante caudal y como no lograba convencerme, me agarré al tópico de lo que vale una imagen sobre las palabras y me fui a mi archivo fotográfico. Tengo imágenes de los primeros cinco días de abril de dos mil trece, en las que se puede ver el agua saltando por encima de las Aceñas de Olivares y un equipo de una televisión de ámbito nacional, grabando el acontecimiento asentado sobre las propias aceñas, pues el rebose era mínimo y se podía pasear sobre sus piedras, pese al chapoteo de nuestras pisadas.
Han pasado, apenas, tres años.
Entonces, como ahora, la gente se echó al río –a sus orillas, se entiende- a vivir el acontecimiento, con la misma intriga que se puede ir al circo a ver al Hombre Polilla o a la Mujer Barbuda y, hablando de barbas, recuerden que el Duero las tiene, según el poema de Gerardo Diego, que se las pintaba de plata.
Es decir, por unos días, los zamoranos vivimos de cara a un río al que, asiduamente, damos la espalda, como un estorbo geográfico que molesta más que seduce, por mucho que unos cuantos poetas lo hayan glosado y nos lo pinten con voz y alma propias, incluso con esa seducción que tiene para el suicida, que se abraza a él como último remedio para sus males y, el río, generoso, lo acepta, sin pedirle nada a cambio, porque el río comprende los males de amor y las torceduras de la vida, pero es implacable con el especulador, con el que roba su cauce sin pedirle permiso y, de la misma manera, arrastra todo cuanto encuentra a su paso, sin encomendarse a nadie y sin pedir el santo y seña.

Amapolas


Historias de muñecas.




De mi columna en El Día de Zamora
Cuenta Millás, en una de sus columnas en Interviú, que un lector le había escrito para contarle la historia de un pariente quien, parece ser, se había enamorado de una muñeca, una Barbie, concretamente, regalada un día de Reyes a una de sus nietas y con la que tomaba café y charlaba –con la muñeca, no con la niña- por las mañanas, en uno de cuyos instantes fue sorprendido por su hijo. Después de acaloradas discusiones le hicieron  entrar en razón, pero cuenta el lector que a los dos meses lo enterraron y la muñeca envejeció misteriosamente hasta perder todo el encanto para la niña.
Ya Berlanga, en su película “Tamaño natural”, rodada en base al guión de Azcona y del propio director, contaba los amores de Michel (encarnado por Michel Piccoli) con una muñeca hinchable, con la que vivía un apasionado romance con todos sus aditivos, incluido el más pernicioso, los celos, pese a tener éxito en el trabajo, una mujer que lo adoraba y una joven amante.
Recuerdo ahora la canción “De cartón piedra”, de Serrat, historia de amor de su protagonista con una maniquí de escaparate, a la que describe como “la Gloria vestida de tul, con la mirada lejana y azul”,  quien esperaba todos los días verle doblar la esquina para suplicarle “como una novia, como un pajarillo, libérame, libérame y huyamos juntos a escribir la historia”. Acaba por hacer añicos el cristal del escaparate y se lleva a su amada a casa después de bailar un vals en el portal, hasta que aparecen los loqueros y se lo llevan.
Está claro que todas estas historias tienen su moraleja y cada cual ha de buscarla. Yo me he puesto a pensar en ello, hasta que ha aparecido en el salón mi hija de siete años y se ha puesto a jugar con la muñeca que le han traído los Reyes Magos, vestida de princesa y con unos ojillos que me miran con una sonrisa burlona…



Labrador en la ciudad


Un método excéntrico, como su propia vida.



De mi columna en El Día de Zamora
Hacía tiempo que lo tenía pensado, pero lo iba aplazando por motivos peregrinos, incluso pueriles, que solo tenían razón para él y la gente que estaba al tanto se fue olvidando de aquel juramento, más pronunciado por el ardor del momento que por razonamiento coherente y, por eso, cuando supieron que había decidido retomar el asunto, los que mejor lo conocían se sonrieron y solo algún timorato trazó en su cara varias veces la señal de la cruz, con más mimetismo que devoción.
Pocos sabían de sus cuitas y el resto especulaba con la escasa información que tenía, oyéndose auténticos disparates sobre los motivos, que iban desde una enfermedad incurable y terrible, hasta haber descubierto que su verdadero padre no era quien lo había bautizado, pasando por la quiebra de sus propios pensamientos que lo tenían discapacitado para seguir acometiendo su obra literaria.
Los clásicos tenían su punto de vista:
-Padece del mal amores.
Los clásicos retorcidos, terciaban:
-Pero de amores torcidos, de esos de andar dentro del armario.
Lo que no había contado a nadie era cómo lo haría, entre otras cosas porque aquel método no era creíble y se habrían reído en su propia cara. Un método que había leído en una novela, un método excéntrico como su propia vida.
La tarde en la que decidió, por fin, quitarse la vida, se imaginó el titular del periódico local a la mañana siguiente: “Fulano de Tal, conocido escritor, se suicida arrojándose al paso de una procesión”.

Fotografía callejera. Zamora, El hombre más feliz del mundo


Descreído



De mi columna en El Día de Zamora.
“Creer en todo o acaso dejarse llevar, como si el tiempo no hubiera pasado…” Así, o muy parecido, empezaba una de mis columnas hace apenas dos años y, ahora, releyendo, vuelvo a darme la razón a mí mismo, otra vez como si el tiempo no hubiera pasado, aunque falten ya unos ojos y unas palabras regaladas a mi corazón, que tuvieron su época, su momento y ahí siguen para recordarme aquella mirada sin prisas, cuando el futuro era el día a día y, el mañana, unos momentos para retozar con la pasión de los proscritos.
Creer por creer, decía entonces;  hacerse el tonto para vivir entre los demás, con el trabajo que ello lleva, las maledicencias que acarrea y la penitencia de no creerte ni a ti mismo, de mirarte al espejo y no comulgar con la mirada que te devuelve el azogue, aunque llegues a reírte con esos pensamientos y acabes convenciéndote de que la vida pasa por ser esa anécdota que los demás cuentan por ti, pensando que te la vas a creer.
Y, así, descreído, pero asimilado; escéptico, pero relacionado, mimetizarte con el entorno y acometer por cinco veces el séptimo sacramento aunque no creas en el matrimonio; meter la papeleta en la urna para que vean que votas aunque no creas en los políticos; ir a una manifestación cívica para que te vean civilizado aunque no creas en las consignas que en ella se gritan; decir que sí cuando piensas que no, sin medias tintas y sin poder matizar para que no te llamen machista ellos (y ellas, faltaría más, pero a dónde vamos a llegar); reciclar todo lo que se mueva para que no te tachen de incívico aunque sepas que contribuyes a una gran mentira que mueve un gran negocio detrás…
Creer por creer, hacerse el tonto, en fin, y hacer de esta columna un conducto para convencerme a mí mismo de que vivo entre los demás.

Verano Cultural. Danza tradicional. Zamora.


De una cañada real a otra



De mi columna en El Día de Zamora
Días de agua en esta Zamora triste, que lo es más por desidia propia que por golfería de otros y el diluvio viene gota a gota, apenas perceptible, pero acaba haciendo río y las barcas de los sueños zangolotean en busca de un puerto, otro más de los que nos han esquilmado y en los que nadie espera nada, aunque se mire al horizonte, tal vez para otear un milagro que acaba en espejismo.
Siempre, en todos los órdenes de la vida, hay un Sansón Carrasco, un hostigador de quijotes, que ve molinos donde hay molinos y lo peor es que lo pregona para solaz propio, insensato y mentecato; altruista, incluso, para consigo porque lo hace con maldad, más pendiente de sus beneficios que del bien general, para acabar en engañabobos, con todo el mérito que tiene engañar así.
Sabe que el pez acaba picando y su paciencia remunerada espera el momento, no con una caña y sí con los aparejos prohibidos que el sistema deja pasar mirando para otro lado, cómplice y alentador, uno y trino, para que nada se mueva y el rebaño vaya de una cañada real a otra, orgulloso de tan ancestral recorrido.
De vez en cuando, aparece un Sancho Panza, sensato y juicioso, pero se le tilda de bruto, otra vez relegado a su ínsula Barataria, apartado del trajín político, del escaparate público, cuando dice más en un minuto que otros en toda una vida subido a los hemiciclos, ganándose el pan sin el sudor de su frente, como pregona esa Biblia que reposa en su mesilla de noche y que confiesa tratarse de su libro de cabecera.
Habrá que soñar que la utopía les alborote el gallinero, como diría Serrat, esa “Utopía, incorregible, que no tiene bastante con lo posible”

Fotografía callejera. La soledad dormita al sol. Zamora


Los personajes del escritor



De mi columna en El Día de Zamora
Uno de mis lectores habituales -aunque confiese no leerme todas las semanas-, piensa y así  me lo dice, que me invento todo lo que escribo, hasta tal punto que “no te lo crees ni tú mismo”. Lógicamente -aunque extrañado, por venir de quien viene el comentario, no precisamente un iletrado-, callo aunque no otorgo, pues no tiene ya paciencia uno para defender su intimidad o sus demonios o exponer una forma de escribir, nada nueva, por otra parte y, si en esas siguiéramos, habría que borrar de un plumazo toda la historia de la literatura, cimentada precisamente en la imaginación la mayoría de las veces, cuando no dándole una vuelta de tuerca a la personalidad de protagonistas conocidos.
Alguien se extrañaba un día de que El Quijote, fuera una obra ensalzada por todo el mundo, cuando “era todo mentira” y quien así me hablaba se quedó tan ancho que tuve paciencia y conmiseración con él, más que nada porque le adornaban otras virtudes y no era cuestión de echarlas en el olvido. No me digan que no era para tirarlo al Duero, por una de cuyas orillas paseábamos en aquel momento. No solo no lo arrojé al río, sino que lo hice protagonista de uno de mis relatos, en el que corría peor suerte, sin que ello se debiera a mi venganza por su comentario y sí porque así lo exigía el guión, palabra.
Gustave Flaubert, confesó un día, “Madame Bovary soy yo” cuando le preguntaron de dónde había sacado el personaje central de su novela más célebre y les puedo asegurar que no mentía, si entendemos por mentir faltar a la realidad o al menos la realidad de uno mismo, que siempre es subjetiva a la hora de fabular, a la hora de narrar historias propias y, cuando son ajenas, acaban por ser propiedad de quien las cuenta, de tanto que se ha metido en el personaje, llegando a entenderlo, defenderlo, insultarlo, incluso amarlo.


Zamora. Puente de Piedra desde la margen derecha del río Duero.


martes, 27 de agosto de 2019

El Látigo Negro

De mi columna en El Día de Zamora

Martina había vivido su niñez entre su pueblo y el hospicio donde su madre la dejó con la disculpa de no poder alimentar a tanta prole, pero la muchacha se escapaba siempre que podía y regresaba siguiendo la vía del tren. Cuando aparecía, la madre la denunciaba a la guardia civil y vuelta a empezar. Un día, la hermana del cura que oficiaba los actos litúrgicos en el pueblo, se la llevó a Barcelona y nunca más apareció por allí. Puede decirse que yo fui uno de los perjudicados, pues aquel lugar era el pueblo donde mis padres habían nacido y pasaba allí los veranos, siendo Martina mi compañera de juegos preferida. Por esas cosas raras que tiene la vida, me la encontré en Barcelona, ambos ya veinteañeros y vivimos una historia de amor. Supe, entonces, que la hermana del cura se la llevó a Barcelona porque, en realidad, era su sobrina, fruto de las relaciones entre el ministro de Dios y la madre que la parió, algo que siempre se había comentado en el lugar. y algunos daban por hecho. Nos gustaba hablar de nuestra niñez, episodios vividos en el pueblo y yo me prodigaba en aquel, cuando estuve a punto de morir ahorcado, después de emular con un primo mío las aventuras de El Látigo Negro, en el momento que él me ponía el lazo al cuello para colgarme fictíciamente, pero la cuerda cada vez me apretaba más y estaba a punto de asfixiarme cuando apareció la panadera con unas tijeras y me salvó la vida. “No sé quién” repetía la buena señora, “pero alguien me avisó de lo que ocurría, menos mal”. Martina me pedía que se lo contara una y otra vez y se reía.Nuestra historia acabó, pero hace poco vino a verme. Su madre había muerto y quería que la acompañara al entierro. Después, volvimos a hablar de todo aquello y volvió a pedirme que le relatara el episodio de El Látigo Negro: “Fui yo quien avisó a la panadera, pero estaba recién escapada del hospicio y no quería que la guardia civil me encontrara tan pronto”.


Los extraños

 De mi columna en El Día de Zamora Llegaron a la casa recién adquirida, con la lógica lealtad que esperamos de todo aquello que compramos: q...