jueves, 11 de febrero de 2021

Los extraños

 De mi columna en El Día de Zamora


Llegaron a la casa recién adquirida, con la lógica lealtad que esperamos de todo aquello que compramos: que los pantalones sean fieles a nuestro cuerpo, igual que los colores de un vestido, la calidez de una bufanda…

Pero no tardaron en darse cuenta de que algo fallaba, que no estaban solos, que algo a alguien estaba con ellos, que los espiaba, que se había metido o se iba a meter en sus vidas sin su permiso y sin remisión.

Al principio, no le dieron importancia. No le dio importancia él, que fue el primero en percibirlo. Cuando le llegó el turno a ella, obró de la misma manera, para que él no se preocupara. De esta forma, cada uno investigó a su manera y por su cuenta.

Uno de aquellos días, a ella, Clara, él la había nombrado Sandra, poco antes de acercarse tan solicito y cariñoso como siempre para besarla, sin que ella percibiera, en aquel beso, ni una pizca de deslealtad. “Con ochenta años, no creo que tenga una amante”, pensó.

A la mañana siguiente, ella lo despertó, más madrugadora siempre, para que él le abrochara la blusa: “esta artrosis me está haciendo cada día más inútil”. Poco después, cuando Roberto se despertó y se acercó a ella con el peine en la mano, ella lo cogió y lo peinó. “Ayer hiciste lo mismo, cariño. Te estás haciendo un vago”.

Mientras tanto, la búsqueda continuaba. Había días que la presencia ajena a ellos no era tan palpable como en otros y se tranquilizaban. Otras veces se sentían abrumados, asediados, incluso, por aquel intrusismo. Uno de aquellos días más tranquilos, ella se reconoció a si misma que había engañado a Roberto poniéndole la disculpa de la artrosis para no poderse abrochar la blusa: simplemente, se le había olvidado la forma de hacerlo. Él reconoció que le había dado el peine a ella, porque no sabía su nombre ni para qué servía y que un día la llamó Sandra, porque se le había olvidado su nombre, que ahora recordaba con precisión…  

ZAMORA. Plaza de Viriato con cencellada. #estebanpedrosa


 

Maradona

 De mi columna en El Día de Zamora


Estoy  enfrascado en la elaboración de esta columna, cuando me entero de la muerte del futbolista Maradona, del que doy el santo y seña de su ocupación laboral por si alguien no supiera quién es y dejo el asunto del que pensaba escribir para hacerlo del “Pelusa”, el hombre del que dicen que fue su propio lobo, al que el destino le puso la vida para disfrutarla y él la convirtió en una raya continua por la que no pudo adelantarse a si mismo, aunque a veces pienso que vivió más en un día que yo en toda una vida.

Confieso mi animadversión hacia el fútbol de un tiempo a esta parte, al menos de ese fútbol de alto copete, del de los millones que se hablan sin sonrojo ni vergüenza ajena y se antepone a nuestros propios intereses. Hace años, un masajista que había trabajado con todo tipo de deportistas a su más alto nivel, me dijo:

-Lo peor del fútbol son los futbolistas, no lo dudes.

Entonces, su aserto me resultó exagerado, pero hoy tengo mis dudas. Si se fijan un poco, tememos al raterillo que nos hurta o nos puede hurtar, máxime si son extranjeros, gente pobre y pobre gente que se juega la vida en una patera en busca de una vida mejor, pero aplaudimos y hacemos nuestros héroes de esos otros que esconden millones del erario público, llámese Messi o Cristiano Ronaldo.

Pero temo que me he desviado y he venido aquí a escribir de Maradona, igual que Umbral fue a aquel programa de televisión a hablar de su libro. De lo mucho o poco que sé de fútbol, tengo al jugador argentino como número uno -siempre bajo el afán humano de comparar y hacer listas- dentro y fuera del campo y si no, vayan ustedes a Argentina, país de nacencia también de Messi y se sorprenderán de la dimensión de ambos, pero me temo que he de dejarlo para otro momento para no pasarme de las 340 palabras que ha de tener esta columna.

Paseo con cencellada #estebanpedrosa


 

Valorio, el Duero, el Románico y Zorba.

 De mi columna en El Día de Zamora


Se despide octubre con mi cumpleaños. Doy un paseo por Valorio, bajo el gris de un cielo que amenaza con mojarme, pero se queda en unas gotas que no llegan ni a dejar huella en un suelo aún húmedo por las lluvias pasadas.

De repente, se me ocurre que vivimos de espaldas a Valorio, igual que vivimos de espaldas al Duero. Qué digo: Somos una ciudad de espaldas a todo; tanto, que le damos la espalda a nuestro futuro, por mucho que nos guste presumir de románico, pero presumimos del románico porque nos lo aprendimos de memoria, de tanto repetirlo, pero sin llegar, siquiera, a nombrarlo con la facilidad que lo hacíamos con los cabos y golfos de nuestra península, allá, cuando la escuela, de la que salimos sabiendo la tabla de multiplicar de tanto repetirla cantada, como aprendimos tantas otras cosas a base de palos, “con sangre, la letra entra”, que decían entonces y sacaban pecho.

Continúo mi paseo por el bosque pensando en la columna que ahora escribo, pero pueden sobre mí esos colores otoñales que están sobre todas las cosas, que son todas las cosas y saco mi cámara fotográfica para plasmarlos.

Es entonces cuando echo de menos a Zorba, ese perro que se me deja prestado, que ahora saldría en todas las fotos sin proponérselo, porque va a su aire sin molestar a nadie. Digo lo de molestar o no, porque no hace mucho, un hombre me dijo:

-Tiene usted que llevar atado al perro- me espetó con suficiencia.

-¿Qué perro? -le digo, sorprendido.

-¡Coño, ese! -me dice malhumorado y señalando a Zorba.

-Quien usted dice no es un perro, es mi amigo -y continúo mi camino para no entrar en polémica.

A Zorba lo llevo a Valorio, porque vive de cara a Valorio. A Zorba lo llevo al Duero, porque vive de cara al Duero.

Pienso en todo ello en mi regreso, en el que continúa el cielo gris, más amenazante que antes, pero vuelve a quedarse en nada, como en nada se queda el reportaje que pensaba hacer con mi cámara y Zorba me dice, sin estar presente, “tendremos que volver mañana”.

Los extraños

 De mi columna en El Día de Zamora Llegaron a la casa recién adquirida, con la lógica lealtad que esperamos de todo aquello que compramos: q...