De mi columna en El Día de Zamora
Se despide octubre con mi cumpleaños. Doy un paseo
por Valorio, bajo el gris de un cielo que amenaza con mojarme, pero se queda en
unas gotas que no llegan ni a dejar huella en un suelo aún húmedo por las
lluvias pasadas.
De repente, se me ocurre que vivimos de espaldas a
Valorio, igual que vivimos de espaldas al Duero. Qué digo: Somos una ciudad de
espaldas a todo; tanto, que le damos la espalda a nuestro futuro, por mucho que
nos guste presumir de románico, pero presumimos del románico porque nos lo
aprendimos de memoria, de tanto repetirlo, pero sin llegar, siquiera, a nombrarlo
con la facilidad que lo hacíamos con los cabos y golfos de nuestra península,
allá, cuando la escuela, de la que salimos sabiendo la tabla de multiplicar de
tanto repetirla cantada, como aprendimos tantas otras cosas a base de palos, “con
sangre, la letra entra”, que decían entonces y sacaban pecho.
Continúo mi paseo por el bosque pensando en la columna
que ahora escribo, pero pueden sobre mí esos colores otoñales que están sobre
todas las cosas, que son todas las cosas y saco mi cámara fotográfica para
plasmarlos.
Es entonces cuando echo de menos a Zorba, ese perro
que se me deja prestado, que ahora saldría en todas las fotos sin proponérselo,
porque va a su aire sin molestar a nadie. Digo lo de molestar o no, porque no
hace mucho, un hombre me dijo:
-Tiene usted que llevar atado al perro- me espetó
con suficiencia.
-¿Qué perro? -le digo, sorprendido.
-¡Coño, ese! -me dice malhumorado y señalando a
Zorba.
-Quien usted dice no es un perro, es mi amigo -y
continúo mi camino para no entrar en polémica.
A Zorba lo llevo a Valorio, porque vive de cara a
Valorio. A Zorba lo llevo al Duero, porque vive de cara al Duero.
Pienso en todo ello en mi regreso, en el que continúa
el cielo gris, más amenazante que antes, pero vuelve a quedarse en nada, como
en nada se queda el reportaje que pensaba hacer con mi cámara y Zorba me dice,
sin estar presente, “tendremos que volver mañana”.
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