sábado, 14 de septiembre de 2019

Mi chica de la curva favorita





De mi columna en El Día de Zamora
El otro día, viendo el programa de José Mota, en el que parodiaba el hecho paranormal de que recojas a una chica que “hace dedo” en la carretera, al rato te avise que tengas cuidado, que viene una curva peligrosa y, cuando te vuelves para darle las gracias, la chica ha desaparecido, me acordé de Almudena, con la que viví una circunstancia parecida, justo cuando la conocí después de parar mi coche ante sus requerimientos en una noche de espanto, con rayos y truenos incluidos. Yo viajaba de Madrid a Córdoba y unos cuantos kilómetros antes de llegar a Puertollano, como decía, la recogí y poco después de las rutinarias presentaciones, fue cuando me avisó sobre una curva “muy peligrosa” para que aminorara la marcha, pero después no desapareció e incluso me convenció para que hiciera noche en Montoro, en casa de sus padres, como así hice y de aquello nació cierta amistad que perduró en los años y más de una vez la presenté como mi chica de la curva favorita.
Otra cosa completamente distinta y que acabó como uno de los misterios insondables de mi vida, ocurrió en Madrid, parque de La Arganzuela para más señas, lugar que frecuentaba casi a diario por estar próximo a mi domicilio y al que acudía acompañado, en aquella época, con mi pena y con mi libro, que diría el poeta. Allí conocí a un ser especial, del que siempre me quedaron mil dudas y una sola certeza que me avergüenza confesar. Nunca quedamos de un día para otro, pero siempre nos encontrábamos en el mismo banco y yo la adivinaba desde la lejanía con su pelo largo y enmarañado, hasta el día en que me regaló aquella cadena de plata, “para que te acuerdes de mí”. Nunca la volví a ver. Pregunté a paseantes y jardineros que forzosamente tenían que habernos visto juntos, pero todos decían haberme visto solo. Llegué a pensar que aquella mujer fue fruto de mi imaginación, de no ser porque la medalla que me regaló sigue enrollada en mi cuello mientras escribo estas líneas.

La que se avecina


Tangos sociales




De mi columna en El Día de Zamora
Vuelvo a escuchar, después de bastante tiempo, “Silencio en la noche”, el tango compuesto y cantado por Carlitos Gardel, todo un alegato contra las guerras a través de una letra pulcra por su sentido de la decencia humana, que nos causa un desgarro profundo en el personaje central, la viejecita que se quedó muy sola, sin sus cinco hijos, pero “con cinco medallas, que por cinco héroes le entregó la patria”.
Me recuerda a la película “Salvad al soldado Ryan”, solo que el tal soldado era un pobre imbécil –no confundir con imbécil pobre- que prefería seguir en la contienda en lugar de regresar con su madre, a la que ya solo le quedaba él como hijo, después de perder a su prole en la misma contienda. Aquí, los guionistas se lucieron con una patria comprensiva, al rescate de unos valores que Ryan borró de un plumazo y un sentido patriotero que gustó mucho a varios espectadores con los que coincidí en el estreno de la película, sintiéndose, me imagino, acreedores de cualquier medalla al uso.
Volviendo al tango y al contrario de lo que mucha gente piensa, no nació para glosar al amor, al desamor, a la traición amatoria y todos esos derroteros sentimentales en los que confluyó finalmente, más por razones comerciales que por otra causa, ya que el tango fue un sentimiento social, una musa contra el desencanto argentino en  una época de su historia, en la que nacería el popular “Cambalache”, popularizado aquí por Serrat y creado por Santos Discépolo y a los que habría que añadir “Pan”, “Argentina primer mundo”… Una época, en todo caso, muy parecida a la actual y es que nuestro mundo anda y se desanda y, sobre todo, gira como en el tango, pero en un tango social.

viernes, 6 de septiembre de 2019

Grabado a fuego



Da mi columna en El Día de Zamora
Veo en una red social la fotografía de alguien que me suena y caigo en la cuenta de que es Juanjo Rguez, un amigo de la infancia, con el que jugué al fútbol, fui al cine y compartí tertulia, junto con otros amigos, en el bar Las Cañas, regentado por Didio, situado en la calle Monsalve y hoy desaparecido, aunque nuestros orígenes venían de el bar La Argentina, también ya desaparecido. Le mando un mensaje escueto y misterioso y, lógicamente, tal como yo esperaba, no sabe quién soy, primero porque mi nombre en esa red social no coincide con el del certificado de nacimiento y  la foto con la que aparezco lleva mi cámara fotográfica por delante y, así, no me reconozco ni yo mismo. Cuando le doy mi nombre del bautismo y el de dos o tres amigos, “cómo no iba acordarme de ti”, me dice. “Sois los que siempre he considerado mis amigos, aquella época la tengo yo grabada a fuego”, continúa en su mensaje y, como resulta que no vive en Zamora, pero viene con cierta frecuencia, queda en avisarme para vernos y recordar aquellos tiempos.
Tiempos lejanos, sin duda, y también grabados a fuego en mi memoria, pero no un fuego cualquiera y sí un fuego antiguo, de fragua, que lleva aparejada una identidad indeleble, como todo lo que te marca en la infancia, tan lejana ya y vivida en parajes ya desaparecidos, como lo fueron el campo fútbol de Pantoja, los cines Principal, Barrueco, Ramos Carrión, Arias Gonzalo, Pompeya o los dos bares que mencionaba antes y seguro que, cuando nos veamos y hagamos memoria juntos, más de un nombre de mujer –las niñas de entonces- saldrá de nuestros labios con la misma inocencia de antaño, cuando un beso era un mundo nuevo del que había que hablar y celebrarlo.
Lo haremos, Juanjo.

domingo, 1 de septiembre de 2019

Zamora. De las crecidas del Duero.


Hay que ir al detalle.




De mi columna en El Día de Zamora.
Para algunos, ya se acabó el verano –se refieren al calor- y otros piensan que es cosa de dos días el que los termómetros vuelvan a subir, quizás no con la inclemencia de la semana pasada, pero si lo suficiente para templar nuestros cuerpos y alejarnos de la idea de echar mano al abrigo y exagerar así nuestra manía de extremistas compulsivos a la hora de opinar y actuar en según qué asuntos y circunstancias.
Sí. Soy consciente de haber usado mucha palabrería para un asunto que se podría haber despachado con dos palabras, pero he ahí un ejemplo más de nuestra dispersión –en este caso, la mía- a la hora de resumir, un verbo para el que no estamos preparados, entre otras cosas, porque nadie se ha molestado en inculcárnoslo.
Hay que ir al detalle, decía alguien y en este caso no estoy poniendo de ejemplo a ninguna de mis novias, que no han sido tantas como parece y alguno –más de uno- se ha encargado de echarme en cara que sea tan socorrido por ellas, pero no acaba de explicarme para qué más pueden venir bien las novias, si es que vienen bien para más cosas las novias y en ese detalle o en esos detalles es donde uno se pierde.
Yo, lo confieso, soy un manirroto del detalle. Se me va de las manos porque antes no he sabido qué hacer con él, aunque tal vez debiera haber dicho o escrito qué hacer bien con él, porque hacer algo mal con el detalle lo hace cualquiera, por muy listo, tonto, detallista o disperso que sea.
Por cierto: ¿Nadie ha tenido, en su vida, una novia dispersa?
Yo, sí.

Trasteando con el objetivo. Castillo de Zamora


Desde párvulos




De mi columna en El Día de Zamora
Se habían conocido cuando la escuela, cuando aún pensaban que los niños venían en el pico de una cigüeña por encargo y juntos aprendieron los números y las letras, a jugar con unos y otras para hacer frases y cuadrar cifras, complementándose.
-Dos más dos son cuatro -le enseñó ella, poniendo cada uno dos caramelos y juntándolos antes de comérselos.
-Besar se escribe con “b” -le decía él, a la par que se ruvorizaba con “v”, cuando aún no se había estudiado todas las leyes gramaticales.
Como los vieron desde tan chicos caminar uno al lado del otro, pensaron que eran hermanos, hasta que dejaron juntos de saltar sobre los charcos para buscar la intimidad de unos abrazos que siempre fueron castos y, sin tregua para medirlos, subieron de tono.
-Lo nuestro viene de párvulos –contaban para resumir y ensalzar su historia.
Con el tiempo, ella tuvo tres hijos después de encargárselos a la cigüeña en el ardor de otros brazos y besos distintos, besos con “b” y sin rubor, cuando ya sabía sumar millones para amasarlos y vigilaba a sus hijos con la ilusión de verlos saltar con alguien sobre los charcos y terminar por ella aquella historia inacabada.
Supo que era imposible.
Por eso tuvo la idea de un cuarto hijo, quien nació con un ruvor eterno y jamás aprendió que dos más eran cuatro.
-Los tres venís de la Facultad de Ciencias –les contaba a los tres mayores como un anecdotario.
El pequeño, no. El pequeño venía de párvulos y esperaría a que dejara de creer en la cigüeña para contárselo.


Cigüeña sobrevolando Zamora


Leer la prensa



De mi columna en El Día de Zamora.
Han pasado cuarenta años desde que la primera edición del diario El País saliera a la calle, en la madrugada del 4 de mayo de 1976, cuando el que esto escribe llevaba apenas un año viviendo en la capital del reino, después de una agotadora Mili, extenuado más por la realidad de su inutilidad y los dos años perdidos que por otra cosa y tras una pausa de un mes, más o menos, en Pradoluengo, un pintoresco y bonito pueblo burgalés en el que viví al olor de una falda, de cuya portadora ya no recuerdo ni el nombre y  el olor de sus besos se me olvidó en algún momento que no puedo precisar, tal vez borrado por otros y con el designio de que la mancha de una mora con otra mora se quita.
Sé que compré y, lógicamente, tuve en mis manos aquel ejemplar del País, del que recuerdo la noticia de un atentado de ETA y que José María de Areilza se iba al día siguiente a Marruecos a ejercer su ministerio de asuntos exteriores. Seguí comprando regularmente el periódico para detenerme en su página dedicada al ajedrez y dirigida con la maestría de Leontxo García, del que, con el tiempo, devoré libros, alternando con la compra de otros periódicos, principalmente el As, para disfrutar con las crónicas sobre boxeo de Fernando Vadillo o de Manuel Alcántara en el Marca, tras algún combate de Perico Fernández, Mando Ramos, Mano de piedra Durán, Muhammad Alí –recientemente fallecido- y tantos otros en momentos controvertidos y épicos.
Después, mi nuevo amigo, Chaval, mi perro del alma, el vivir en compañía, el fiasco del felipismo y algunos detalles más, me alejaron del País y el desempleo del resto de diarios, sin sospechar que, con el tiempo, los leería gratis, a la carta y, hoy, ni por esas, estoy por la labor de enfrentarme a tanta mentira y a versiones mal escritas e interesadas.

Los extraños

 De mi columna en El Día de Zamora Llegaron a la casa recién adquirida, con la lógica lealtad que esperamos de todo aquello que compramos: q...