domingo, 29 de septiembre de 2019
sábado, 14 de septiembre de 2019
Mi chica de la curva favorita
De mi columna en El Día de Zamora
El otro día, viendo el programa de José Mota, en el que
parodiaba el hecho paranormal de que recojas a una chica que “hace dedo” en la
carretera, al rato te avise que tengas cuidado, que viene una curva peligrosa
y, cuando te vuelves para darle las gracias, la chica ha desaparecido, me
acordé de Almudena, con la que viví una circunstancia parecida, justo cuando la
conocí después de parar mi coche ante sus requerimientos en una noche de
espanto, con rayos y truenos incluidos. Yo viajaba de Madrid a Córdoba y unos
cuantos kilómetros antes de llegar a Puertollano, como decía, la recogí y poco
después de las rutinarias presentaciones, fue cuando me avisó sobre una curva
“muy peligrosa” para que aminorara la marcha, pero después no desapareció e
incluso me convenció para que hiciera noche en Montoro, en casa de sus padres,
como así hice y de aquello nació cierta amistad que perduró en los años y más
de una vez la presenté como mi chica de la curva favorita.
Otra cosa completamente distinta y que acabó como uno de los
misterios insondables de mi vida, ocurrió en Madrid, parque de La Arganzuela para más
señas, lugar que frecuentaba casi a diario por estar próximo a mi domicilio y
al que acudía acompañado, en aquella época, con mi pena y con mi libro, que
diría el poeta. Allí conocí a un ser especial, del que siempre me quedaron mil
dudas y una sola certeza que me avergüenza confesar. Nunca quedamos de un día
para otro, pero siempre nos encontrábamos en el mismo banco y yo la adivinaba
desde la lejanía con su pelo largo y enmarañado, hasta el día en que me regaló
aquella cadena de plata, “para que te acuerdes de mí”. Nunca la volví a ver.
Pregunté a paseantes y jardineros que forzosamente tenían que habernos visto
juntos, pero todos decían haberme visto solo. Llegué a pensar que aquella mujer
fue fruto de mi imaginación, de no ser porque la medalla que me regaló sigue
enrollada en mi cuello mientras escribo estas líneas.
Tangos sociales
De mi columna en El Día de Zamora
Vuelvo a escuchar, después de bastante tiempo, “Silencio en
la noche”, el tango compuesto y cantado por Carlitos Gardel, todo un alegato
contra las guerras a través de una letra pulcra por su sentido de la decencia
humana, que nos causa un desgarro profundo en el personaje central, la
viejecita que se quedó muy sola, sin sus cinco hijos, pero “con cinco medallas,
que por cinco héroes le entregó la patria”.
Me recuerda a la película “Salvad al soldado Ryan”, solo que
el tal soldado era un pobre imbécil –no confundir con imbécil pobre- que
prefería seguir en la contienda en lugar de regresar con su madre, a la que ya
solo le quedaba él como hijo, después de perder a su prole en la misma
contienda. Aquí, los guionistas se lucieron con una patria comprensiva, al
rescate de unos valores que Ryan borró de un plumazo y un sentido patriotero
que gustó mucho a varios espectadores con los que coincidí en el estreno de la
película, sintiéndose, me imagino, acreedores de cualquier medalla al uso.
Volviendo al tango y al contrario de lo que mucha gente
piensa, no nació para glosar al amor, al desamor, a la traición amatoria y
todos esos derroteros sentimentales en los que confluyó finalmente, más por
razones comerciales que por otra causa, ya que el tango fue un sentimiento
social, una musa contra el desencanto argentino en una época de su historia, en la que nacería
el popular “Cambalache”, popularizado aquí por Serrat y creado por Santos
Discépolo y a los que habría que añadir “Pan”, “Argentina primer mundo”… Una época,
en todo caso, muy parecida a la actual y es que nuestro mundo anda y se desanda
y, sobre todo, gira como en el tango, pero en un tango social.
viernes, 6 de septiembre de 2019
Grabado a fuego
Da mi columna en El Día de Zamora
Veo en una red social la
fotografía de alguien que me suena y caigo en la cuenta de que es Juanjo Rguez,
un amigo de la infancia, con el que jugué al fútbol, fui al cine y compartí
tertulia, junto con otros amigos, en el bar Las Cañas, regentado por Didio,
situado en la calle Monsalve y hoy desaparecido, aunque nuestros orígenes
venían de el bar La
Argentina , también ya desaparecido. Le mando un mensaje
escueto y misterioso y, lógicamente, tal como yo esperaba, no sabe quién soy,
primero porque mi nombre en esa red social no coincide con el del certificado
de nacimiento y la foto con la que
aparezco lleva mi cámara fotográfica por delante y, así, no me reconozco ni yo
mismo. Cuando le doy mi nombre del bautismo y el de dos o tres amigos, “cómo no
iba acordarme de ti”, me dice. “Sois los que siempre he considerado mis amigos,
aquella época la tengo yo grabada a fuego”, continúa en su mensaje y, como
resulta que no vive en Zamora, pero viene con cierta frecuencia, queda en avisarme
para vernos y recordar aquellos tiempos.
Tiempos lejanos, sin duda, y
también grabados a fuego en mi memoria, pero no un fuego cualquiera y sí un
fuego antiguo, de fragua, que lleva aparejada una identidad indeleble, como
todo lo que te marca en la infancia, tan lejana ya y vivida en parajes ya
desaparecidos, como lo fueron el campo fútbol de Pantoja, los cines Principal,
Barrueco, Ramos Carrión, Arias Gonzalo, Pompeya o los dos bares que mencionaba
antes y seguro que, cuando nos veamos y hagamos memoria juntos, más de un
nombre de mujer –las niñas de entonces- saldrá de nuestros labios con la misma
inocencia de antaño, cuando un beso era un mundo nuevo del que había que hablar
y celebrarlo.
Lo haremos, Juanjo.
domingo, 1 de septiembre de 2019
Hay que ir al detalle.
De mi columna en El Día de Zamora.
Para algunos, ya se acabó el
verano –se refieren al calor- y otros piensan que es cosa de dos días el que
los termómetros vuelvan a subir, quizás no con la inclemencia de la semana
pasada, pero si lo suficiente para templar nuestros cuerpos y alejarnos de la idea
de echar mano al abrigo y exagerar así nuestra manía de extremistas compulsivos
a la hora de opinar y actuar en según qué asuntos y circunstancias.
Sí. Soy consciente de haber usado
mucha palabrería para un asunto que se podría haber despachado con dos
palabras, pero he ahí un ejemplo más de nuestra dispersión –en este caso, la
mía- a la hora de resumir, un verbo para el que no estamos preparados, entre
otras cosas, porque nadie se ha molestado en inculcárnoslo.
Hay que ir al detalle, decía
alguien y en este caso no estoy poniendo de ejemplo a ninguna de mis novias,
que no han sido tantas como parece y alguno –más de uno- se ha encargado de
echarme en cara que sea tan socorrido por ellas, pero no acaba de explicarme
para qué más pueden venir bien las novias, si es que vienen bien para más cosas
las novias y en ese detalle o en esos detalles es donde uno se pierde.
Yo, lo confieso, soy un manirroto
del detalle. Se me va de las manos porque antes no he sabido qué hacer con él,
aunque tal vez debiera haber dicho o escrito qué hacer bien con él, porque
hacer algo mal con el detalle lo hace cualquiera, por muy listo, tonto,
detallista o disperso que sea.
Por cierto: ¿Nadie ha tenido, en
su vida, una novia dispersa?
Yo, sí.
Desde párvulos
De mi columna en El Día de Zamora
Se habían conocido cuando la
escuela, cuando aún pensaban que los niños venían en el pico de una cigüeña por
encargo y juntos aprendieron los números y las letras, a jugar con unos y otras
para hacer frases y cuadrar cifras, complementándose.
-Dos más dos son cuatro -le
enseñó ella, poniendo cada uno dos caramelos y juntándolos antes de comérselos.
-Besar se escribe con “b” -le
decía él, a la par que se ruvorizaba con “v”, cuando aún no se había estudiado
todas las leyes gramaticales.
Como los vieron desde tan chicos caminar
uno al lado del otro, pensaron que eran hermanos, hasta que dejaron juntos de
saltar sobre los charcos para buscar la intimidad de unos abrazos que siempre
fueron castos y, sin tregua para medirlos, subieron de tono.
-Lo nuestro viene de párvulos
–contaban para resumir y ensalzar su historia.
Con el tiempo, ella tuvo tres
hijos después de encargárselos a la cigüeña en el ardor de otros brazos y besos
distintos, besos con “b” y sin rubor, cuando ya sabía sumar millones para amasarlos
y vigilaba a sus hijos con la ilusión de verlos saltar con alguien sobre los
charcos y terminar por ella aquella historia inacabada.
Supo que era imposible.
Por eso tuvo la idea de un cuarto
hijo, quien nació con un ruvor eterno y jamás aprendió que dos más eran cuatro.
-Los tres venís de la Facultad de Ciencias –les
contaba a los tres mayores como un anecdotario.
El pequeño, no. El pequeño venía
de párvulos y esperaría a que dejara de creer en la cigüeña para contárselo.
Leer la prensa
De mi columna en El Día de Zamora.
Han pasado cuarenta años desde
que la primera edición del diario El País saliera a la calle, en la madrugada
del 4 de mayo de 1976, cuando el que esto escribe llevaba apenas un año
viviendo en la capital del reino, después de una agotadora Mili, extenuado más
por la realidad de su inutilidad y los dos años perdidos que por otra cosa y
tras una pausa de un mes, más o menos, en Pradoluengo, un pintoresco y bonito
pueblo burgalés en el que viví al olor de una falda, de cuya portadora ya no
recuerdo ni el nombre y el olor de sus
besos se me olvidó en algún momento que no puedo precisar, tal vez borrado por
otros y con el designio de que la mancha de una mora con otra mora se quita.
Sé que compré y, lógicamente,
tuve en mis manos aquel ejemplar del País, del que recuerdo la noticia de un
atentado de ETA y que José María de Areilza se iba al día siguiente a Marruecos
a ejercer su ministerio de asuntos exteriores. Seguí comprando regularmente el
periódico para detenerme en su página dedicada al ajedrez y dirigida con la
maestría de Leontxo García, del que, con el tiempo, devoré libros, alternando
con la compra de otros periódicos, principalmente el As, para disfrutar con las
crónicas sobre boxeo de Fernando Vadillo o de Manuel Alcántara en el Marca,
tras algún combate de Perico Fernández, Mando Ramos, Mano de piedra Durán,
Muhammad Alí –recientemente fallecido- y tantos otros en momentos
controvertidos y épicos.
Después, mi nuevo amigo, Chaval,
mi perro del alma, el vivir en compañía, el fiasco del felipismo y algunos
detalles más, me alejaron del País y el desempleo del resto de diarios, sin
sospechar que, con el tiempo, los leería gratis, a la carta y, hoy, ni por
esas, estoy por la labor de enfrentarme a tanta mentira y a versiones mal
escritas e interesadas.
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Los extraños
De mi columna en El Día de Zamora Llegaron a la casa recién adquirida, con la lógica lealtad que esperamos de todo aquello que compramos: q...
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