viernes, 6 de septiembre de 2019

Grabado a fuego



Da mi columna en El Día de Zamora
Veo en una red social la fotografía de alguien que me suena y caigo en la cuenta de que es Juanjo Rguez, un amigo de la infancia, con el que jugué al fútbol, fui al cine y compartí tertulia, junto con otros amigos, en el bar Las Cañas, regentado por Didio, situado en la calle Monsalve y hoy desaparecido, aunque nuestros orígenes venían de el bar La Argentina, también ya desaparecido. Le mando un mensaje escueto y misterioso y, lógicamente, tal como yo esperaba, no sabe quién soy, primero porque mi nombre en esa red social no coincide con el del certificado de nacimiento y  la foto con la que aparezco lleva mi cámara fotográfica por delante y, así, no me reconozco ni yo mismo. Cuando le doy mi nombre del bautismo y el de dos o tres amigos, “cómo no iba acordarme de ti”, me dice. “Sois los que siempre he considerado mis amigos, aquella época la tengo yo grabada a fuego”, continúa en su mensaje y, como resulta que no vive en Zamora, pero viene con cierta frecuencia, queda en avisarme para vernos y recordar aquellos tiempos.
Tiempos lejanos, sin duda, y también grabados a fuego en mi memoria, pero no un fuego cualquiera y sí un fuego antiguo, de fragua, que lleva aparejada una identidad indeleble, como todo lo que te marca en la infancia, tan lejana ya y vivida en parajes ya desaparecidos, como lo fueron el campo fútbol de Pantoja, los cines Principal, Barrueco, Ramos Carrión, Arias Gonzalo, Pompeya o los dos bares que mencionaba antes y seguro que, cuando nos veamos y hagamos memoria juntos, más de un nombre de mujer –las niñas de entonces- saldrá de nuestros labios con la misma inocencia de antaño, cuando un beso era un mundo nuevo del que había que hablar y celebrarlo.
Lo haremos, Juanjo.

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