Da mi columna en El Día de Zamora
Veo en una red social la
fotografía de alguien que me suena y caigo en la cuenta de que es Juanjo Rguez,
un amigo de la infancia, con el que jugué al fútbol, fui al cine y compartí
tertulia, junto con otros amigos, en el bar Las Cañas, regentado por Didio,
situado en la calle Monsalve y hoy desaparecido, aunque nuestros orígenes
venían de el bar La
Argentina , también ya desaparecido. Le mando un mensaje
escueto y misterioso y, lógicamente, tal como yo esperaba, no sabe quién soy,
primero porque mi nombre en esa red social no coincide con el del certificado
de nacimiento y la foto con la que
aparezco lleva mi cámara fotográfica por delante y, así, no me reconozco ni yo
mismo. Cuando le doy mi nombre del bautismo y el de dos o tres amigos, “cómo no
iba acordarme de ti”, me dice. “Sois los que siempre he considerado mis amigos,
aquella época la tengo yo grabada a fuego”, continúa en su mensaje y, como
resulta que no vive en Zamora, pero viene con cierta frecuencia, queda en avisarme
para vernos y recordar aquellos tiempos.
Tiempos lejanos, sin duda, y
también grabados a fuego en mi memoria, pero no un fuego cualquiera y sí un
fuego antiguo, de fragua, que lleva aparejada una identidad indeleble, como
todo lo que te marca en la infancia, tan lejana ya y vivida en parajes ya
desaparecidos, como lo fueron el campo fútbol de Pantoja, los cines Principal,
Barrueco, Ramos Carrión, Arias Gonzalo, Pompeya o los dos bares que mencionaba
antes y seguro que, cuando nos veamos y hagamos memoria juntos, más de un
nombre de mujer –las niñas de entonces- saldrá de nuestros labios con la misma
inocencia de antaño, cuando un beso era un mundo nuevo del que había que hablar
y celebrarlo.
Lo haremos, Juanjo.
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