De mi columna en El Día de Zamora
Llegaron a la casa recién adquirida,
con la lógica lealtad que esperamos de todo aquello que compramos: que los
pantalones sean fieles a nuestro cuerpo, igual que los colores de un vestido,
la calidez de una bufanda…
Pero no tardaron en darse
cuenta de que algo fallaba, que no estaban solos, que algo a alguien estaba con
ellos, que los espiaba, que se había metido o se iba a meter en sus vidas sin
su permiso y sin remisión.
Al principio, no le dieron
importancia. No le dio importancia él, que fue el primero en percibirlo. Cuando
le llegó el turno a ella, obró de la misma manera, para que él no se
preocupara. De esta forma, cada uno investigó a su manera y por su cuenta.
Uno de aquellos días, a
ella, Clara, él la había nombrado Sandra, poco antes de acercarse tan solicito
y cariñoso como siempre para besarla, sin que ella percibiera, en aquel beso,
ni una pizca de deslealtad. “Con ochenta años, no creo que tenga una amante”,
pensó.
A la mañana siguiente,
ella lo despertó, más madrugadora siempre, para que él le abrochara la blusa: “esta
artrosis me está haciendo cada día más inútil”. Poco después, cuando Roberto se
despertó y se acercó a ella con el peine en la mano, ella lo cogió y lo peinó. “Ayer
hiciste lo mismo, cariño. Te estás haciendo un vago”.
Mientras tanto, la
búsqueda continuaba. Había días que la presencia ajena a ellos no era tan
palpable como en otros y se tranquilizaban. Otras veces se sentían abrumados,
asediados, incluso, por aquel intrusismo. Uno de aquellos días más tranquilos,
ella se reconoció a si misma que había engañado a Roberto poniéndole la
disculpa de la artrosis para no poderse abrochar la blusa: simplemente, se le
había olvidado la forma de hacerlo. Él reconoció que le había dado el peine a
ella, porque no sabía su nombre ni para qué servía y que un día la llamó Sandra,
porque se le había olvidado su nombre, que ahora recordaba con precisión…

