De mi columna en El Día de Zamora
Estoy enfrascado en la elaboración de esta columna,
cuando me entero de la muerte del futbolista Maradona, del que doy el santo y
seña de su ocupación laboral por si alguien no supiera quién es y dejo el
asunto del que pensaba escribir para hacerlo del “Pelusa”, el hombre del que
dicen que fue su propio lobo, al que el destino le puso la vida para
disfrutarla y él la convirtió en una raya continua por la que no pudo
adelantarse a si mismo, aunque a veces pienso que vivió más en un día que yo en
toda una vida.
Confieso mi animadversión
hacia el fútbol de un tiempo a esta parte, al menos de ese fútbol de alto
copete, del de los millones que se hablan sin sonrojo ni vergüenza ajena y se
antepone a nuestros propios intereses. Hace años, un masajista que había
trabajado con todo tipo de deportistas a su más alto nivel, me dijo:
-Lo peor del fútbol son
los futbolistas, no lo dudes.
Entonces, su aserto me
resultó exagerado, pero hoy tengo mis dudas. Si se fijan un poco, tememos al
raterillo que nos hurta o nos puede hurtar, máxime si son extranjeros, gente
pobre y pobre gente que se juega la vida en una patera en busca de una vida
mejor, pero aplaudimos y hacemos nuestros héroes de esos otros que esconden
millones del erario público, llámese Messi o Cristiano Ronaldo.
Pero temo que me he
desviado y he venido aquí a escribir de Maradona, igual que Umbral fue a aquel
programa de televisión a hablar de su libro. De lo mucho o poco que sé de fútbol,
tengo al jugador argentino como número uno -siempre bajo el afán humano de
comparar y hacer listas- dentro y fuera del campo y si no, vayan ustedes a
Argentina, país de nacencia también de Messi y se sorprenderán de la dimensión
de ambos, pero me temo que he de dejarlo para otro momento para no pasarme de
las 340 palabras que ha de tener esta columna.
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