De mi columna en El Día de Zamora
Vuelvo a escuchar, después de bastante tiempo, “Silencio en
la noche”, el tango compuesto y cantado por Carlitos Gardel, todo un alegato
contra las guerras a través de una letra pulcra por su sentido de la decencia
humana, que nos causa un desgarro profundo en el personaje central, la
viejecita que se quedó muy sola, sin sus cinco hijos, pero “con cinco medallas,
que por cinco héroes le entregó la patria”.
Me recuerda a la película “Salvad al soldado Ryan”, solo que
el tal soldado era un pobre imbécil –no confundir con imbécil pobre- que
prefería seguir en la contienda en lugar de regresar con su madre, a la que ya
solo le quedaba él como hijo, después de perder a su prole en la misma
contienda. Aquí, los guionistas se lucieron con una patria comprensiva, al
rescate de unos valores que Ryan borró de un plumazo y un sentido patriotero
que gustó mucho a varios espectadores con los que coincidí en el estreno de la
película, sintiéndose, me imagino, acreedores de cualquier medalla al uso.
Volviendo al tango y al contrario de lo que mucha gente
piensa, no nació para glosar al amor, al desamor, a la traición amatoria y
todos esos derroteros sentimentales en los que confluyó finalmente, más por
razones comerciales que por otra causa, ya que el tango fue un sentimiento
social, una musa contra el desencanto argentino en una época de su historia, en la que nacería
el popular “Cambalache”, popularizado aquí por Serrat y creado por Santos
Discépolo y a los que habría que añadir “Pan”, “Argentina primer mundo”… Una época,
en todo caso, muy parecida a la actual y es que nuestro mundo anda y se desanda
y, sobre todo, gira como en el tango, pero en un tango social.
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