De mi columna en El Día de Zamora.
Para algunos, ya se acabó el
verano –se refieren al calor- y otros piensan que es cosa de dos días el que
los termómetros vuelvan a subir, quizás no con la inclemencia de la semana
pasada, pero si lo suficiente para templar nuestros cuerpos y alejarnos de la idea
de echar mano al abrigo y exagerar así nuestra manía de extremistas compulsivos
a la hora de opinar y actuar en según qué asuntos y circunstancias.
Sí. Soy consciente de haber usado
mucha palabrería para un asunto que se podría haber despachado con dos
palabras, pero he ahí un ejemplo más de nuestra dispersión –en este caso, la
mía- a la hora de resumir, un verbo para el que no estamos preparados, entre
otras cosas, porque nadie se ha molestado en inculcárnoslo.
Hay que ir al detalle, decía
alguien y en este caso no estoy poniendo de ejemplo a ninguna de mis novias,
que no han sido tantas como parece y alguno –más de uno- se ha encargado de
echarme en cara que sea tan socorrido por ellas, pero no acaba de explicarme
para qué más pueden venir bien las novias, si es que vienen bien para más cosas
las novias y en ese detalle o en esos detalles es donde uno se pierde.
Yo, lo confieso, soy un manirroto
del detalle. Se me va de las manos porque antes no he sabido qué hacer con él,
aunque tal vez debiera haber dicho o escrito qué hacer bien con él, porque
hacer algo mal con el detalle lo hace cualquiera, por muy listo, tonto,
detallista o disperso que sea.
Por cierto: ¿Nadie ha tenido, en
su vida, una novia dispersa?
Yo, sí.
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