De mi columna en El Día de Zamora.
Han pasado cuarenta años desde
que la primera edición del diario El País saliera a la calle, en la madrugada
del 4 de mayo de 1976, cuando el que esto escribe llevaba apenas un año
viviendo en la capital del reino, después de una agotadora Mili, extenuado más
por la realidad de su inutilidad y los dos años perdidos que por otra cosa y
tras una pausa de un mes, más o menos, en Pradoluengo, un pintoresco y bonito
pueblo burgalés en el que viví al olor de una falda, de cuya portadora ya no
recuerdo ni el nombre y el olor de sus
besos se me olvidó en algún momento que no puedo precisar, tal vez borrado por
otros y con el designio de que la mancha de una mora con otra mora se quita.
Sé que compré y, lógicamente,
tuve en mis manos aquel ejemplar del País, del que recuerdo la noticia de un
atentado de ETA y que José María de Areilza se iba al día siguiente a Marruecos
a ejercer su ministerio de asuntos exteriores. Seguí comprando regularmente el
periódico para detenerme en su página dedicada al ajedrez y dirigida con la
maestría de Leontxo García, del que, con el tiempo, devoré libros, alternando
con la compra de otros periódicos, principalmente el As, para disfrutar con las
crónicas sobre boxeo de Fernando Vadillo o de Manuel Alcántara en el Marca,
tras algún combate de Perico Fernández, Mando Ramos, Mano de piedra Durán,
Muhammad Alí –recientemente fallecido- y tantos otros en momentos
controvertidos y épicos.
Después, mi nuevo amigo, Chaval,
mi perro del alma, el vivir en compañía, el fiasco del felipismo y algunos
detalles más, me alejaron del País y el desempleo del resto de diarios, sin
sospechar que, con el tiempo, los leería gratis, a la carta y, hoy, ni por
esas, estoy por la labor de enfrentarme a tanta mentira y a versiones mal
escritas e interesadas.
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