De mi columna en El Día de Zamora
Se habían conocido cuando la
escuela, cuando aún pensaban que los niños venían en el pico de una cigüeña por
encargo y juntos aprendieron los números y las letras, a jugar con unos y otras
para hacer frases y cuadrar cifras, complementándose.
-Dos más dos son cuatro -le
enseñó ella, poniendo cada uno dos caramelos y juntándolos antes de comérselos.
-Besar se escribe con “b” -le
decía él, a la par que se ruvorizaba con “v”, cuando aún no se había estudiado
todas las leyes gramaticales.
Como los vieron desde tan chicos caminar
uno al lado del otro, pensaron que eran hermanos, hasta que dejaron juntos de
saltar sobre los charcos para buscar la intimidad de unos abrazos que siempre
fueron castos y, sin tregua para medirlos, subieron de tono.
-Lo nuestro viene de párvulos
–contaban para resumir y ensalzar su historia.
Con el tiempo, ella tuvo tres
hijos después de encargárselos a la cigüeña en el ardor de otros brazos y besos
distintos, besos con “b” y sin rubor, cuando ya sabía sumar millones para amasarlos
y vigilaba a sus hijos con la ilusión de verlos saltar con alguien sobre los
charcos y terminar por ella aquella historia inacabada.
Supo que era imposible.
Por eso tuvo la idea de un cuarto
hijo, quien nació con un ruvor eterno y jamás aprendió que dos más eran cuatro.
-Los tres venís de la Facultad de Ciencias –les
contaba a los tres mayores como un anecdotario.
El pequeño, no. El pequeño venía
de párvulos y esperaría a que dejara de creer en la cigüeña para contárselo.
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