De mi columna en El Día de Zamora
Avanzan, estas tardes de lluvia,
hacia una claridad que no acaba de llegar, quejumbrosos los ánimos y más
pendientes de esperar lo deseado que lo que toca en esta tómbola de la meteorología,
que nos complace alguna que otra vez con un perrito piloto para que vayamos
abriendo boca y acostumbremos el paladar a días mejores.
Mientras, la lluvia en los
cristales de la canción de Serrat -llueve y llueve y llueve…- porque no en
todas las ventanas llueve igual o con la misma gracia y no es lo mismo ver al
anciano y sus dificultades para salvar un charco que al niño que ni ha visto el
charco. Como tampoco tiene la misma gracia que el coche salpique unos
pantalones que una falda y tampoco los insultos tienen la misma gracia.
Siempre me gustó ver llover tras
las ventanas de las muchas que tuve en mi vida y de ahí esa experiencia para
saber que no en todas cae el agua igual, que no es lo mismo ver llover solo o
en compañía de otros, solo o abrazado a quién.
Cuando veía llover con mi perro,
sabía que la ventana no era el sitio idóneo y los dos corríamos -él me llevaba
a mí- al parque donde era tan feliz y yo lo veía correr tras las cristaleras de
la realidad.
Tuve una ventana en un octavo
piso que daba a la Casa
de Campo, desde la que ver llover era una gozada; sin asfalto, sin casas a la
vista y la lluvia era una sinfonía inacabada en la lejanía de aquel espacio sin
principio ni fin, pero pronto comprendí que aquella lluvia era de todos y de
nadie, nunca mía, y añoraba la ventana
de la buhardilla, donde la lluvia repicaba en los tejados y ahuyentaba al gato
que me había estado mirando segundos antes después de haberse comido un pájaro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario