miércoles, 28 de agosto de 2019

Un método excéntrico, como su propia vida.



De mi columna en El Día de Zamora
Hacía tiempo que lo tenía pensado, pero lo iba aplazando por motivos peregrinos, incluso pueriles, que solo tenían razón para él y la gente que estaba al tanto se fue olvidando de aquel juramento, más pronunciado por el ardor del momento que por razonamiento coherente y, por eso, cuando supieron que había decidido retomar el asunto, los que mejor lo conocían se sonrieron y solo algún timorato trazó en su cara varias veces la señal de la cruz, con más mimetismo que devoción.
Pocos sabían de sus cuitas y el resto especulaba con la escasa información que tenía, oyéndose auténticos disparates sobre los motivos, que iban desde una enfermedad incurable y terrible, hasta haber descubierto que su verdadero padre no era quien lo había bautizado, pasando por la quiebra de sus propios pensamientos que lo tenían discapacitado para seguir acometiendo su obra literaria.
Los clásicos tenían su punto de vista:
-Padece del mal amores.
Los clásicos retorcidos, terciaban:
-Pero de amores torcidos, de esos de andar dentro del armario.
Lo que no había contado a nadie era cómo lo haría, entre otras cosas porque aquel método no era creíble y se habrían reído en su propia cara. Un método que había leído en una novela, un método excéntrico como su propia vida.
La tarde en la que decidió, por fin, quitarse la vida, se imaginó el titular del periódico local a la mañana siguiente: “Fulano de Tal, conocido escritor, se suicida arrojándose al paso de una procesión”.

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