De mi columna en El Día de Zamora
Hacía tiempo que lo tenía
pensado, pero lo iba aplazando por motivos peregrinos, incluso pueriles, que
solo tenían razón para él y la gente que estaba al tanto se fue olvidando de
aquel juramento, más pronunciado por el ardor del momento que por razonamiento
coherente y, por eso, cuando supieron que había decidido retomar el asunto, los
que mejor lo conocían se sonrieron y solo algún timorato trazó en su cara
varias veces la señal de la cruz, con más mimetismo que devoción.
Pocos sabían de sus cuitas y el
resto especulaba con la escasa información que tenía, oyéndose auténticos
disparates sobre los motivos, que iban desde una enfermedad incurable y
terrible, hasta haber descubierto que su verdadero padre no era quien lo había
bautizado, pasando por la quiebra de sus propios pensamientos que lo tenían
discapacitado para seguir acometiendo su obra literaria.
Los clásicos tenían su punto de
vista:
-Padece del mal amores.
Los clásicos retorcidos,
terciaban:
-Pero de amores torcidos, de esos
de andar dentro del armario.
Lo que no había contado a nadie
era cómo lo haría, entre otras cosas porque aquel método no era creíble y se
habrían reído en su propia cara. Un método que había leído en una novela, un
método excéntrico como su propia vida.
La tarde en la que decidió, por
fin, quitarse la vida, se imaginó el titular del periódico local a la mañana
siguiente: “Fulano de Tal, conocido escritor, se suicida arrojándose al paso de
una procesión”.
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