De mi columna en El Día de Zamora
Días de agua en esta Zamora
triste, que lo es más por desidia propia que por golfería de otros y el diluvio
viene gota a gota, apenas perceptible, pero acaba haciendo río y las barcas de
los sueños zangolotean en busca de un puerto, otro más de los que nos han
esquilmado y en los que nadie espera nada, aunque se mire al horizonte, tal vez
para otear un milagro que acaba en espejismo.
Siempre, en todos los órdenes de
la vida, hay un Sansón Carrasco, un hostigador de quijotes, que ve molinos
donde hay molinos y lo peor es que lo pregona para solaz propio, insensato y
mentecato; altruista, incluso, para consigo porque lo hace con maldad, más
pendiente de sus beneficios que del bien general, para acabar en engañabobos,
con todo el mérito que tiene engañar así.
Sabe que el pez acaba picando y
su paciencia remunerada espera el momento, no con una caña y sí con los aparejos
prohibidos que el sistema deja pasar mirando para otro lado, cómplice y
alentador, uno y trino, para que nada se mueva y el rebaño vaya de una cañada
real a otra, orgulloso de tan ancestral recorrido.
De vez en cuando, aparece un
Sancho Panza, sensato y juicioso, pero se le tilda de bruto, otra vez relegado
a su ínsula Barataria, apartado del trajín político, del escaparate público,
cuando dice más en un minuto que otros en toda una vida subido a los
hemiciclos, ganándose el pan sin el sudor de su frente, como pregona esa Biblia
que reposa en su mesilla de noche y que confiesa tratarse de su libro de
cabecera.
Habrá que soñar que la utopía les
alborote el gallinero, como diría Serrat, esa “Utopía, incorregible, que no
tiene bastante con lo posible”
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