miércoles, 28 de agosto de 2019

De una cañada real a otra



De mi columna en El Día de Zamora
Días de agua en esta Zamora triste, que lo es más por desidia propia que por golfería de otros y el diluvio viene gota a gota, apenas perceptible, pero acaba haciendo río y las barcas de los sueños zangolotean en busca de un puerto, otro más de los que nos han esquilmado y en los que nadie espera nada, aunque se mire al horizonte, tal vez para otear un milagro que acaba en espejismo.
Siempre, en todos los órdenes de la vida, hay un Sansón Carrasco, un hostigador de quijotes, que ve molinos donde hay molinos y lo peor es que lo pregona para solaz propio, insensato y mentecato; altruista, incluso, para consigo porque lo hace con maldad, más pendiente de sus beneficios que del bien general, para acabar en engañabobos, con todo el mérito que tiene engañar así.
Sabe que el pez acaba picando y su paciencia remunerada espera el momento, no con una caña y sí con los aparejos prohibidos que el sistema deja pasar mirando para otro lado, cómplice y alentador, uno y trino, para que nada se mueva y el rebaño vaya de una cañada real a otra, orgulloso de tan ancestral recorrido.
De vez en cuando, aparece un Sancho Panza, sensato y juicioso, pero se le tilda de bruto, otra vez relegado a su ínsula Barataria, apartado del trajín político, del escaparate público, cuando dice más en un minuto que otros en toda una vida subido a los hemiciclos, ganándose el pan sin el sudor de su frente, como pregona esa Biblia que reposa en su mesilla de noche y que confiesa tratarse de su libro de cabecera.
Habrá que soñar que la utopía les alborote el gallinero, como diría Serrat, esa “Utopía, incorregible, que no tiene bastante con lo posible”

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