viernes, 30 de agosto de 2019

Andén número uno de la Estación del Norte, Madrid.



De mi columna en El Día de Zamora
Claro que me acuerdo, cómo no me iba a acordar que fue un 17 de julio de aquel año del siglo pasado en el que astronautas de Estados Unidos y de la Unión Soviética, unos a bordo de la nave Apolo y otros de la Soyuz, se encontraron, deliberadamente, por primera vez en el espacio, justo en el momento en el que mi tren, procedente de La Coruña, llegaba a su destino y paraba en el andén número uno de la Estación del Norte, Madrid, aunque justo en aquel momento yo no sabía de aquella coincidencia y tardaría nada menos que cinco años en enterarme, los mismos que tardé en saber que tú me echaste el ojo  allí por primera vez y esos cinco años después, cuando me viste aparecer por el Rastro, en aquellas escaleras en las que compartías porros con tus amigas, no te costó nada reconocerme, pese a mi pinta tan alejada del paleto aquel de la vez primera, ahora con mi pelo crecido y enmarañado, mi poblada barba y aquella chaqueta de pana descolorida que tanto te gustaba y que tenías sobre los hombros tres días después, en aquella fresca noche de mayo, cuando me hablaste de una niña que fue con sus padres a recibir al hermano que llegaba licenciado del servicio militar y llegaba al abrazo familiar tras despedirse de un compañero de cuartel que miró a la niña como quien no mira a una niña y ella rogó para que su hermano lo tuviera localizado y tras saber que no, pensó que jamás volvería a verlo hasta aquella mañana que apareció junto a la estatua de Cascorro cinco años después, justos los que yo había esperado -te lo confesé mientras aún tenías sobre los hombros mi chaqueta descolorida-  para tu mayoría de edad y amarte en plenitud, y de todo ello me acuerdo hoy, aunque se me esté olvidando, me ocultas, cómo abrocharme o peinarme y de mi nombre alguna vez…

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