De mi columna en El Día de Zamora
Claro que me acuerdo, cómo no me
iba a acordar que fue un 17 de julio de aquel año del siglo pasado en el que astronautas
de Estados Unidos y de la Unión Soviética ,
unos a bordo de la nave Apolo y otros de la Soyuz , se encontraron, deliberadamente, por
primera vez en el espacio, justo en el momento en el que mi tren, procedente de
La Coruña ,
llegaba a su destino y paraba en el andén número uno de la Estación del Norte, Madrid,
aunque justo en aquel momento yo no sabía de aquella coincidencia y tardaría
nada menos que cinco años en enterarme, los mismos que tardé en saber que tú me
echaste el ojo allí por primera vez y
esos cinco años después, cuando me viste aparecer por el Rastro, en aquellas
escaleras en las que compartías porros con tus amigas, no te costó nada
reconocerme, pese a mi pinta tan alejada del paleto aquel de la vez primera,
ahora con mi pelo crecido y enmarañado, mi poblada barba y aquella chaqueta de
pana descolorida que tanto te gustaba y que tenías sobre los hombros tres días
después, en aquella fresca noche de mayo, cuando me hablaste de una niña que
fue con sus padres a recibir al hermano que llegaba licenciado del servicio
militar y llegaba al abrazo familiar tras despedirse de un compañero de cuartel
que miró a la niña como quien no mira a una niña y ella rogó para que su
hermano lo tuviera localizado y tras saber que no, pensó que jamás volvería a verlo
hasta aquella mañana que apareció junto a la estatua de Cascorro cinco años
después, justos los que yo había esperado -te lo confesé mientras aún tenías
sobre los hombros mi chaqueta descolorida-
para tu mayoría de edad y amarte en plenitud, y de todo ello me acuerdo
hoy, aunque se me esté olvidando, me ocultas, cómo abrocharme o peinarme y de
mi nombre alguna vez…
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