De mi columna en El Día de Zamora
Cuenta Millás, en una de sus
columnas en Interviú, que un lector le había escrito para contarle la historia
de un pariente quien, parece ser, se había enamorado de una muñeca, una Barbie,
concretamente, regalada un día de Reyes a una de sus nietas y con la que tomaba
café y charlaba –con la muñeca, no con la niña- por las mañanas, en uno de
cuyos instantes fue sorprendido por su hijo. Después de acaloradas discusiones
le hicieron entrar en razón, pero cuenta
el lector que a los dos meses lo enterraron y la muñeca envejeció
misteriosamente hasta perder todo el encanto para la niña.
Ya Berlanga, en su película
“Tamaño natural”, rodada en base al guión de Azcona y del propio director,
contaba los amores de Michel (encarnado por Michel Piccoli) con una muñeca
hinchable, con la que vivía un apasionado romance con todos sus aditivos,
incluido el más pernicioso, los celos, pese a tener éxito en el trabajo, una
mujer que lo adoraba y una joven amante.
Recuerdo ahora la canción “De
cartón piedra”, de Serrat, historia de amor de su protagonista con una maniquí
de escaparate, a la que describe como “la Gloria vestida de tul, con la mirada lejana y
azul”, quien esperaba todos los días
verle doblar la esquina para suplicarle “como una novia, como un pajarillo, libérame,
libérame y huyamos juntos a escribir la historia”. Acaba por hacer añicos el
cristal del escaparate y se lleva a su amada a casa después de bailar un vals
en el portal, hasta que aparecen los loqueros y se lo llevan.
Está claro que todas estas historias
tienen su moraleja y cada cual ha de buscarla. Yo me he puesto a pensar en
ello, hasta que ha aparecido en el salón mi hija de siete años y se ha puesto a
jugar con la muñeca que le han traído los Reyes Magos, vestida de princesa y
con unos ojillos que me miran con una sonrisa burlona…
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