De mi columna en El Día de Zamora
Alguien me quiere hacer ver que
el Duero bajaba esta mañana del jueves como hacía bastantes años que no se veía
con semejante caudal y como no lograba convencerme, me agarré al tópico de lo
que vale una imagen sobre las palabras y me fui a mi archivo fotográfico. Tengo
imágenes de los primeros cinco días de abril de dos mil trece, en las que se
puede ver el agua saltando por encima de las Aceñas de Olivares y un equipo de
una televisión de ámbito nacional, grabando el acontecimiento asentado sobre
las propias aceñas, pues el rebose era mínimo y se podía pasear sobre sus
piedras, pese al chapoteo de nuestras pisadas.
Han pasado, apenas, tres años.
Entonces, como ahora, la gente se
echó al río –a sus orillas, se entiende- a vivir el acontecimiento, con la
misma intriga que se puede ir al circo a ver al Hombre Polilla o a la Mujer Barbuda y, hablando de
barbas, recuerden que el Duero las tiene, según el poema de Gerardo Diego, que
se las pintaba de plata.
Es decir, por unos días, los
zamoranos vivimos de cara a un río al que, asiduamente, damos la espalda, como
un estorbo geográfico que molesta más que seduce, por mucho que unos cuantos
poetas lo hayan glosado y nos lo pinten con voz y alma propias, incluso con esa
seducción que tiene para el suicida, que se abraza a él como último remedio
para sus males y, el río, generoso, lo acepta, sin pedirle nada a cambio,
porque el río comprende los males de amor y las torceduras de la vida, pero es
implacable con el especulador, con el que roba su cauce sin pedirle permiso y,
de la misma manera, arrastra todo cuanto encuentra a su paso, sin encomendarse
a nadie y sin pedir el santo y seña.
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