De mi columna en El Día de Zamora
No es primera vez que me dicen
“no hace ni la mitad de frío que en nuestra niñez” y uno recuerda aquellas
heladas que congelaban los charcos de las calles, la mayoría de tierra y no
puede uno por menos que pensar en esa circunstancia como causa para que no
veamos a los niños romper esos hielos con el alborozo que lo hacíamos nosotros.
No es lo único que ha cambiado después de unas cuantas generaciones y hay que
reconocer que, al menos la mía, que es la que conozco en carne propia,
perteneció a una generación de niños desprotegidos en comparanza con la actual
y muchas veces me causa asombro cómo pudimos sobrevivir a tanto peligro, desde
un gesto tan cotidiano, por ejemplo, como beber agua del grifo.
Recuerdo ahora un episodio, del
que no han transcurrido ni tres años, en el que la dueña de un supermercado reñía
a una chica menesterosa que solía pedirle alguna botella de agua para su niño
pequeño:
-¡Pues que beba agua del grifo,
que la hemos bebido toda la vida y nadie se ha muerto!
En ese sentido, recuerdo a gente
mayor que veía ridículo comprar agua embotellada; gente que había sobrevivido a
infecciones cuando aún no se había descubierto la penicilina y formaron parte
-seguro que sin saberlo- de una selección natural contrastada, llegando a una
edad avanzada.
Después, ya saben, las empresas
de agua embotellada haciendo proselitismo y todas esas leyendas de lo
beneficioso que es ingerir dos o tres litros diarios del agua que ponen en el
mercado, que si las cumples, ya no tienes que ir a Lourdes y vas a vivir muchos
años para seguir bebiendo agua.
Embotellada, claro.
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