De mi columna en El Día de Zamora
En el supermercado en el que hago
mi compra habitual, pregunto por un producto atípico, uno de esos que sabes lo
difícil que es de encontrar, pero no te convences hasta que lo oyes en boca de
quien lo tienes que escuchar. Me gustan las explicaciones de la dependienta,
aunque he de reconocer que me gusta más su voz -con la que llego a fantasear- y
al día siguiente le hago la misma pregunta, sin quitar ni añadir ninguna letra,
ni coma ni punto y la muchacha me da la misma respuesta que el día anterior, en
la que tampoco añade ni coma ni punto, ni añade ni quita letra alguna. Sigo
varios días con mi estrategia –si es que se puede llamar así- para poder
mirarla a ella, mirar cómo mueve sus labios, sentir cómo me penetra su voz,
hasta que uno de aquellos días me dice:
-¿No llevas varios días
haciéndome la misma pregunta? -me dice con una amplia sonrisa.
-¿Quién, yo? -le contesto
exagerando mi extrañeza-. Es la primera que te veo y que me dirijo a ti.
-No sé por qué, pero me estás
mintiendo.
-Creo que hemos sido, que he sido
objeto de una broma. Tengo un hermano gemelo, quien me pidió esta mañana que
viniera aquí y te hiciera la misma pregunta que te acabo de hacer, después de
describirte minuciosamente para no equivocarme de persona.
-Pues será eso –parece
convencida.
Sigo frecuentando el
supermercado, me hago el encontradizo con ella –más que con ella, con su
sonrisa y su voz.
Después de dos meses, me decido y
le pido una cita.
-Llegas tarde –me dice con una
voz más sensual que nunca-. Llevo un mes de novia con tu gemelo.
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