De mi columna en El Día de Zamora
Uno de mis lectores habituales
-aunque confiese no leerme todas las semanas-, piensa y así me lo dice, que me invento todo lo que
escribo, hasta tal punto que “no te lo crees ni tú mismo”. Lógicamente -aunque
extrañado, por venir de quien viene el comentario, no precisamente un iletrado-,
callo aunque no otorgo, pues no tiene ya paciencia uno para defender su
intimidad o sus demonios o exponer una forma de escribir, nada nueva, por otra
parte y, si en esas siguiéramos, habría que borrar de un plumazo toda la
historia de la literatura, cimentada precisamente en la imaginación la mayoría
de las veces, cuando no dándole una vuelta de tuerca a la personalidad de
protagonistas conocidos.
Alguien se extrañaba un día de
que El Quijote, fuera una obra ensalzada por todo el mundo, cuando “era todo
mentira” y quien así me hablaba se quedó tan ancho que tuve paciencia y
conmiseración con él, más que nada porque le adornaban otras virtudes y no era
cuestión de echarlas en el olvido. No me digan que no era para tirarlo al
Duero, por una de cuyas orillas paseábamos en aquel momento. No solo no lo
arrojé al río, sino que lo hice protagonista de uno de mis relatos, en el que
corría peor suerte, sin que ello se debiera a mi venganza por su comentario y
sí porque así lo exigía el guión, palabra.
Gustave Flaubert, confesó un día,
“Madame Bovary soy yo” cuando le preguntaron de dónde había sacado el personaje
central de su novela más célebre y les puedo asegurar que no mentía, si
entendemos por mentir faltar a la realidad o al menos la realidad de uno mismo,
que siempre es subjetiva a la hora de fabular, a la hora de narrar historias
propias y, cuando son ajenas, acaban por ser propiedad de quien las cuenta, de
tanto que se ha metido en el personaje, llegando a entenderlo, defenderlo,
insultarlo, incluso amarlo.
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