De mi columna en El Día de Zamora.
“Creer en todo o acaso dejarse
llevar, como si el tiempo no hubiera pasado…” Así, o muy parecido, empezaba una
de mis columnas hace apenas dos años y, ahora, releyendo, vuelvo a darme la
razón a mí mismo, otra vez como si el tiempo no hubiera pasado, aunque falten
ya unos ojos y unas palabras regaladas a mi corazón, que tuvieron su época, su
momento y ahí siguen para recordarme aquella mirada sin prisas, cuando el futuro
era el día a día y, el mañana, unos momentos para retozar con la pasión de los
proscritos.
Creer por creer, decía
entonces; hacerse el tonto para vivir
entre los demás, con el trabajo que ello lleva, las maledicencias que acarrea y
la penitencia de no creerte ni a ti mismo, de mirarte al espejo y no comulgar
con la mirada que te devuelve el azogue, aunque llegues a reírte con esos
pensamientos y acabes convenciéndote de que la vida pasa por ser esa anécdota
que los demás cuentan por ti, pensando que te la vas a creer.
Y, así, descreído, pero
asimilado; escéptico, pero relacionado, mimetizarte con el entorno y acometer
por cinco veces el séptimo sacramento aunque no creas en el matrimonio; meter
la papeleta en la urna para que vean que votas aunque no creas en los
políticos; ir a una manifestación cívica para que te vean civilizado aunque no
creas en las consignas que en ella se gritan; decir que sí cuando piensas que
no, sin medias tintas y sin poder matizar para que no te llamen machista ellos
(y ellas, faltaría más, pero a dónde vamos a llegar); reciclar todo lo que se
mueva para que no te tachen de incívico aunque sepas que contribuyes a una gran
mentira que mueve un gran negocio detrás…
Creer por creer, hacerse el
tonto, en fin, y hacer de esta columna un conducto para convencerme a mí mismo
de que vivo entre los demás.
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