De mi columna en EL día de Zamora
Qué sé yo el tiempo que no
visitaba Portugal, ese país que está a tiro de piedra de los zamoranos, al que
consideramos una extensión del nuestro y bien pudiéramos ser nosotros una
extensión de él, con Lusitania siempre en mente y Viriato campeando para purgar
de por vida nuestra dejadez de súbditos, ya que jamás entró en nuestras mentes
ese concepto de ciudadanos al que debiéramos aspirar con todas sus
consecuencias.
Es impresionante, desde la
carretera aún en tierras zamoranas o españolas, Miranda de Duero, con el río de
frontera natural, encajonado en Los Arribes y sus vertiginosas paredes
graníticas, su catedral recortada en el horizonte configurado en lo más alto de
la cuenca fluvial, rompiendo su monotonía y avisándonos de la importancia de la
ciudad.
Les comento a mis acompañantes
las preguntas que les hacía un escritor portugués a los peces del Duero en este
mismo enclave, interesándose por su nacionalidad y si generalizo con ese
escritor, sin darle un nombre, es porque ninguno de los tres que ocupamos plaza
en el mismo coche, recordamos su nombre, aún sabiendo que hablamos de él y
tardaremos un buen rato en que uno de nosotros lo pronuncie. Una vez en Miranda
do Douro o del Duero, ya se sabe; dudas si no estarás aún en Zamora, en la
calle Santa Clara, por ejemplo, debido a la cantidad de zamoranos con los que
te encuentras y alguno de los élite esta vez, Demetrio Madrid, sobre el que uno
de mis acompañantes tiene la ocurrencia de comentar: “La primera vez que lo veo
fuera del Consultivo”. Los otros dos, sorprendidos, le preguntamos al unísono,
¿pero lo viste alguna vez allí? Y termina por reconocernos que no. “Es una
forma de hablar”.
Ya en la comida, en los postres,
el comensal que tengo enfrente, exclama:
-Ya lo tengo: Saramago.
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